sábado, 21 de enero de 2012

Adaptación de "Santa María De Las Flores Negras" (Hetalia Latin America Series)

En esos momentos, mezclado a una turba de más de cuatrocientos huelguistas iquiqueños que irrumpen en la plaza vivando a los pampinos, llega José Manuel González acezante y bañado en transpiración. El hecho que las tropas lo hubieran dejado pasar tan fácilmente, le hace arrugar el entrecejo una vez más. Los soldados estaban dejando entrar al que quisiera, pero no dejaban salir a nadie “Esto se está convirtiendo en una ratonera”.

Tras varios minutos encuentra a sus amigos, Micaela Prado con las manos en la cadera, impaciente, Julio Paz la tranquiliza y calma sus ánimos cuando está a su lado. Al muchacho lo molesta un rayo de luz irradiado por la coronita de papel metálico de una niña vestida como la Virgen del Carmen en los brazos de una joven pareja. Los amigos se encontraban parlamentando con los cónsules de sus respectivos países. Cada uno de los cónsules los intenta convencer de que vuelva a su nación, que las tropas no verán la nacionalidad y disparan a matar. “Ché, nosotros estamos acá voluntariamente” contesta Martín Hernández “Broder, nosotros hemos acompañado a los hermanitos chilenos en esta jornada de paz y justicia, abandonarlos sería una corbadía pues” reafirma Miguel Prado.

A las tres de la tarde, el calor en la plaza ya era de caldera. Y la muchedumbre parada a pleno sol, lo soportaba estoicamente. Las mujeres se abanicaban con la mano, los hombres gritan y fuman cigarro tras cigarro. El dirigente José Brigg y la comitiva central sugiere que se retiren, que todo se revolverá, que no es necesario que sigan en la plaza, pero los trabajadores se mantendrían firmes y nadie ni nada los movería. ¡Eran hombres libres y estaban en su justo derecho!

Los ánimos del general se caldeaban y en tono militar intimida a los huelguistas para que abandonen la escuela. ¡Viva Perú! Vocifera Micaela mientras más se suman a su arenga ¡Viva Argentina! Sigue Aileén ¡Viva Bolivia! Continúa Juana ¡Viva Chile! Termina Paula. Al cabo de gritar las cuatros mujeres, toda la muchedumbre se vuelve a revolucionar.

Eran las tres y veinte minutos.

Y mientras la incandescencia del cielo una bandada de jotes comienza a planear en círculos, cruzado sus sombras sobre la muchedumbre. José Manuel González trata de convencer a Micaela Prado que se una a las personas que se retiran por la calle Barros Arana. Que él está seguro, le dice, de que ese hijo de perra de general iba a disparar en contra de la gente, que lo vio clarito en su mirada. Trata de persuadirla “Hágalo por mí, por su hermano” pero ella niega con la cabeza. “Yo vi en la guerra como esas ametralladoras hacían caer a su gente, por favor, vallase de aquí” cuando intenta tomarla del brazo para que lo siga, ella lo retira rápidamente y su mirada demuestra su firmeza. Hace el mismo intento con la pareja que sostiene a la virgencita, ambos se miran y niegan con la cabeza.

José Manuel González toma a Julio Paz de la camisa y le grita que obligue a Micaela Prado que se marche. Que si todos están locos de remate. El boliviano le contesta que desde la mañana ha intentado de convencerla pero no hay caso y que él tampoco se iba. El chileno no puede entender como no sienten el presagio de muerte en el ambiente.

El general convencido de que ya el dialogo no solucionaría nada y dominado por la necesidad de dominar la rebelión antes de que terminara el día, sobre su corcel, se persigna levemente y alza la mano lo más alto posible para dar la orden de fuego.

Así comenzaba la matanza.

Eran las tres y cuarenta y ocho minutos de la tarde del sábado 21 de Diciembre, ni una brisa marina corría por Iquique. El piquete O’higgins hace su primera descarga desde la azotea de la escuela en dirección de la plaza. Ante la descarga varios caen como tumultos. El piquete Latorre hace lo suyo en el frontis de la escuela donde estaban los más ruidosos. Todos estaban convencidos que el Ejercito Chileno no dispararía en contra de sus compatriotas indefensos y observaban incrédulos, como eran acribillados los familiares, amigos y compañeros de trabajo.

Una confusión infernal se toma la plaza, el ruido del fusil era sólo el preludio para el ruido de la ametralladora, más bultos caen por culpa de estas y la gente no sabe donde correr, empujándose. No tienen piedad ni por las mujeres ni por los niños. Una carnicería inconcebible comenzó a producirse entre los huelguistas y la gente que se había quedado a observar las manifestaciones. La sangre de los primeros muertos cercenados por las ametralladoras forman rojos charcos humeantes que eran absorbidos por la tierra y el aire se impregnaba con su olor.

La gente afligida comienza a alzar banderas blancas, que cese el fuego, carajo alcen más banderas blancas. Algunas manchadas con sangre ya se ven entre la multitud agitándose desesperadamente como forma de redención. Pero nadie les hizo caso. Antes las oleadas de muerte el general se inunda de fascinación al verlos caer.

Al sonar la primera descarga de los fusileros, José Manuel González toma a Micaela Prado y junto con Julio Paz ven como Martín Hernandez junto a un grupo corren hacia el general. Al frente del uniformado, se abre la camisa y muestra su pecho desnudo gritando “Aquí está mi corazón, si querés sangre obrera acá la tenés, boludo”. En ese instante José se está diciendo “Que hijo de puta má’ loco y má’ weón” cuando se escucha un nueva descarga y el chileno ve caer muerto a su amigo del alma y los hombres que los acompañaban.

Con los ojos humedecidos de golpe le grita a Micaela Prado que se tire al suelo, pero por el ruido sus gritos no son escuchaos por la peruana. Se lanza sobre la espalda de la peruana y del boliviano y los empuja hacia el suelo. José Manuel quiere quedarse tendido ahí para siempre, olvidarse de todo y dormir en posición fetal al lado de un cadáver con el vientre perforado y los ojos blancos que lo miran aterrado, pero comienza a ser pisoteado por una turba y se levanta rápidamente para no morir aplastado.

Desde donde estaba el chileno comienza a escuchar nuevamente las armas ahora acompañados de cañonazos, arrodillado ve como cae la pareja que sostenía a la virgencita, su padre se aferra a ella con todas sus fuerzas, una protección que sobrepasa a lo humano, tratando de no soltarla mientra el cae, ya muerto. La niña cae sentada, observando todo, muchos tratan de tomarla entre toda la locura pero son arrazados por las balas antes de tomarla.

José se arrastra para llegar a su lado. Tenía la coronita caída y la capa manchada con sangre de sus padres no grita ni llora, sólo observa el trágico escenario con los ojitos bien abiertos al borde del delirio. Ya estaba por llegar José Manuel González cuando Juana Quispe la toma por sus hombros y Miguel Prado la sigue.

A dos metros de allí Micaela Prado grita desesperada tratando de encontrarse con alguno de sus amigos, al parecer no se ha dado cuenta que ha sido herida en el brazo y sangra profundamente, cuando se vuelve a encontrar con José Manuel González le dice a gritos y con los ojos arrasados de lágrimas “Que no puede creer que esos hijos de puta, carajo, les estén disparando”. Julio Paz sale de la nada y les indica un camino para huir, un pensamiento absurdo para aquélla situación cruza por la mente de José Manuel “¿Cómo ha llegado de la nada? No por nada es el Ninja boliviano”.

Juana y Miguel bajan por la calle Barros Arana, un poco más allá intentan hacer lo mismo José, Micaela y Julio pero este último es alcanzado por una lanza que le cruza el cuello, asesinándolo en el instante

Una bala alcanza a Juana Quispe y le perfora el pecho, Miguel Prado al verla se devuelve y toma entre sus brazos junto con la niña, la boliviana moribunda musita “La confederación Peruana-Boliviana junta…hasta el final ¿Cierto?” el peruano sólo le regala una sonrisa dulce mientras sigue corriendo, está completamente bañado en sangre y se pierde calle abajo.

Muchos intentan escapar, pero o son asesinados o nuevamente arriados a la escuela otros se esconden debajo de los cadáveres de sus mismos compañeros. Cuando se creía que habían cesado las balas sólo se estaba cambiando de posición las ametralladoras para nuevamente descargarse en contra de los obreros.

El general sobre el corcel blanco mira impávido la masacre a través de sus ojos de vidrio pensando en como su nombre iba a quedar plasmado en los libros de Historia “La Batalla de Iquique” “Glorias y vítores al salvador de la anarquía traída desde Argentina”.

Micaela Prado se ha perdido nuevamente de la vista de José Manuel González hasta que entre un tumulto está ella siendo guiada por la multitud. Grita su nombre con todas sus fuerzas y empuja a todo el que se ponga a su paso, pisa los cadáveres y posas de sangre. En un momento parece que la peruana lo escucha y gira su cabeza observándolo, un brillo, una luz se ve en sus ojos, pero los ojos de José Manuel González muestran un horror inconcebible al ver que ella es abatida por las ametralladoras siendo acribillada alcanza a leer un “Te amo” y cae tan lentamente, su cabellera negra se mece, el tiempo para él se hace infinito ante tal escena, cuando cae al piso su sangre comienza a correr como había sucedido con todo los demás.

Inundado de rabia corre hacia el general y se arrodilla ante él “Por el amor de Dios termine con esto” lo increpa con rabia y con lagrimas en los ojos”Si quiere sangre chilena ¡AQUÍ LA TIENE!” con estas palabras el general sale de su trance y da la orden de cese al fuego.

Había trascurrido cuatro minutos y veinte segundo eternos

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